El Estado Secuestrado por la Corrupción
Gobiernos de todos los colores han tenido su cuota de escándalos. Desde los ERE del PSOE en Andalucía hasta la Gürtel del PP, pasando por las tarjetas black, la Púnica, Lezo o los sobresueldos. Y no hablamos del pasado: los escándalos siguen brotando como setas. El hedor no se ha disipado, simplemente se ha normalizado.
¿Dónde está la justicia? ¿Cuántos de los que robaron millones han acabado en prisión? Muy pocos. Las causas prescriben, los juicios se eternizan, y los indultos y rebajas de condena se repiten como un insulto a la ciudadanía. España ha perfeccionado el arte de la impunidad. Se castiga más a un joven por una pintada en una pared que a un político que desvía millones de euros públicos.
La corrupción no es solo el robo de dinero: es el robo de futuro. Son escuelas que no se reforman, listas de espera interminables, jóvenes sin horizonte, ancianos abandonados. Es la desigualdad estructural que se refuerza porque el dinero que debía garantizar derechos acaba engordando bolsillos privados. Es un atentado contra la democracia.
Lo más grave es el mensaje que cala: “todos son iguales”, “no se puede hacer nada”. Esa resignación es lo que garantiza que el sistema siga funcionando como hasta ahora. Pero no todos son iguales. No todo vale.
Hace falta levantar la voz, señalar a los responsables con nombres y apellidos, exigir cárcel para los corruptos y fin de privilegios. Hace falta una ciudadanía activa que no trague con más mentiras. Porque un país donde robar desde el poder sale gratis no es un país: es un cortijo.